Fertilizantes sintéticos

El pasado 27 conmemoramos el aniversario del nacimiento de Carl Bosch (1874-1940), y seguro que el apellido a muchos les trae a la cabeza la conocida marca alemana y las bujía de los motores. Las bujías se las debemos a su padre, pero la marca es cosa suya, porque el bueno de Carl fue un lince de los negocios. pero si le citamos aquí no es por ese aspecto, sino porque a él le debemos el proceso industrial de síntesis química de los fertilizantes.

Fue un prodigioso ingeniero, y en colaboración con Fritz Haber (1868-1934) logro el proceso de síntesis del amoníaco a partir de hidrógeno y nitrógeno sometidos a altas presiones. Para los estudiantes de ESO o bachillerato, es una formulación sencilla: N2 (g) + 3H2 (g) producen 2 NH3 (g). Este método permitió emplear gas amoniaco en la fabricación de los abonos artificiales, que tanta influencia habría de tener en el desarrollo posterior de la agricultura. El reverso tenebroso de esto es que también es la base de los explosivos modernos.

Haber, químico brillante, recibió el premio Nobel en 1918 por la descripción teórica del proceso, y en 1931 lo ganó Bosch por el desarrollo práctico. El bueno de Carl terminó organizando un importante emporio industrial (a partir de BASF) que sigue siendo clave un siglo después. La web scienceheroes les concede el mérito de haber salvado unos 2.700 millones de vidas, pero hay que reconocer también que los explosivos son responsables directos de más de 100 millones de muertes. La ciencia aquí nos muestra las dos caras del conocimiento, y nos abre una reflexión ética importante.

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